Por estos días la expresión “gobernanza del agua” está de moda. El Jardín
Botánico de Bogotá, organizó un interesante conversatorio[1], con
expertos de Alemania, Holanda y Francia, así como connotados ambientalistas
nacionales. Entretanto en Ghana avanzaba una reunión internacional sobre el
mismo tema. ¿Qué significa exactamente la “gobernanza del agua”?
Nadie lo sabe a ciencia cierta. Así lo señaló el Biólogo, Germán Andrade,
en su ilustrativa intervención en el conversatorio aludido y también el Doctor
Finkelmann, experto mexicano de la Organización Panamericana
de la Salud, en
un panel sobre el tema en el cual tuve oportunidad de participar[2].
Podríamos estar ante una nueva “revolución semántica”, parecida a la que
también por estos días transmuta los “Objetivos de Desarrollo del Milenio” de
Naciones Unidas en “Objetivos de Desarrollo Sostenible”, a lograr en un plazo
de varios años, sin detenerse a analizar a fondo porqué los primeros no se
alcanzaron, antes de 2015, como estaba planteado.
Me temo, sin embargo, que se trata de algo más profundo y eventualmente
peligroso. En un documento presentado al
VI Foro Mundial del Agua, realizado el año pasado en Marsella (Francia), por un
grupo de trabajo integrado por entidades de varios países latinoamericanos, se
decía lo siguiente: “La Gobernanza del agua se refiere a la
interacción de los sistemas políticos, sociales, económicos (Rogers y Hall,
2003) y administrativos que entran en juego para regular el desarrollo y
gestión de los recursos hídricos y la provisión de servicios de agua a
diferentes niveles de la sociedad (UNDP, 2000)”. Luego
añadía: “Una buena gobernanza en la GIRH es aquella donde la autoridad juega un papel menos
protagónico, deja actuar en aquellos espacios donde son más eficientes otros
actores, o ejerce un liderazgo que permita establecer reglas claras que
faciliten la participación de otros actores y sectores en la gestión del agua,
donde las decisiones respecto a las políticas públicas son establecidas por
consenso con todos los actores que intervienen en dicha gestión del agua.” (las
negrillas son mías)
Si los “actores”
a que se refiere el documento son los agroindustriales que consumen el 70% del
agua dulce del mundo, si son los industriales que consumen un 20% adicional y
si los consumidores domésticos urbanos y rurales, que consumen el 10% restante
pero son el 99% de la población humana son casi convidados de piedra, estamos
frente a una expresión, “gobernanza del agua”, que simplemente disfraza la
privatización del preciado líquido, y prepara una nueva oleada de confiscación
de este bien común esencial por parte de las transnacionales y las potencias
que constituyen su sustento político. Sería la contraofensiva de estos poderes
ante las derrotas sufridas en la última década en América Latina y Europa. En la primera son ya antológicas la
“Guerra del Agua”, en Cochabamba y el referendo uruguayo y en la segunda el
retorno del servicio de acueducto y alcantarillado a manos públicas en Paris y
el referendo italiano donde 26 millones de personas derogaron las leyes
privatizadoras de Berlusconi.
LOS PRINCIPIOS
DE LA JUSTICIA DEL
AGUA
Si la
“gobernanza del agua” significa, de veras, algo diferente a lo anterior, el
concepto debería nutrirse de los principios de la “justicia del agua”. Estos
fueron propuestos hace algún tiempo por Maude Barlow y parten del
reconocimiento del derecho humano al agua. Por cierto fue la activista y premio
Nobel alternativo, Presidenta del Consejo de los Canadienses, quien como
asesora del Presidente de la
Asamblea de la
ONU, en 2010, inspiró la resolución 64/292 de 28 de Julio de aquel año, que reconoce
aquel derecho. La resolución fue seguida de la no menos importante emanada, el
10 de Septiembre del mismo año, del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, según la cual: “El
derecho al agua y al saneamiento es un derecho humano, igual a todos los demás
derechos humanos, lo que implica que es justiciable y de aplicación obligatoria”.
La “justicia del agua” plantea que el agua es un “bien común”. Por su
esencialidad para la vida nos atañe a todos y no puede ser acaparada, ni
privatizada, por nadie. Precisamente la actual etapa de la globalización
neoliberal se caracteriza por la pretensión de apoderarse de los bienes
comunes, no solo el agua, también las semillas, el paisaje, la biodiversidad,
la educación, la salud y una larga lista de bienes que hasta hace unas décadas
se manejaban en el ámbito de lo público, tanto estatal como comunitario. Por
consiguiente, la gestión de tales bienes no solo debe ser pública sino que
requiere de un amplio marco democrático. La defensa de lo público implica la
reconstrucción de formas de organización estatal profundamente participativas,
exige más democracia directa y menos democracia representativa.
La participación para que haya justicia y
democracia del agua, debe ser de la comunidad, de los ciudadanos, de sus
organizaciones y no de quienes usan el agua con fines de lucro. Menos aún de quienes
están en el negocio de la venta del agua. La intervención de los usuarios con
fines de lucro debe supeditarse a las reglas que construya y defina el
movimiento social y ciudadano. Por eso la “gobernanza” como entendimiento entre
actores que no se precisan y con un
papel cada vez menor del Estado es el
marco que necesita la privatización para imponerse. El Estado, aún el actual,
con todas sus limitaciones y aún al servicio de los grandes intereses
económicos privados, como ocurre en Colombia, es necesario para preservar el
derecho humano al agua y a esta como bien común. Obviamente se trata de lograr
que cumpla un papel más decidido en el sentido de realizar la justicia del
agua, ampliando cada vez más la democracia y la participación directa de las
comunidades y la ciudadanía.
LA
TRIPLE CRISIS DEL
AGUA
El planteamiento de la “justicia del agua”
responde a las tres crisis que identifica Maude Barlow: deterioro de los ecosistemas y disminución del agua dulce; acceso
desigual al agua y privatización y mercantilización del agua.
La primera se puede ejemplificar con hechos como
la contaminación de los sistemas hídricos, donde cada día dos millones de
toneladas de aguas cloacales y desechos industriales, el equivalente al peso de
toda la población humana, son vertidos. En consecuencia diminuye la cantidad de
agua dulce disponible, frente a una demanda creciente que según el Banco
Mundial superará en un 40% a la oferta en 2030[3].
Para ilustrar la segunda baste decir que un niño
nacido en el primer mundo consume entre 30 y 50 veces más agua que uno en el
tercer mundo. Enfrentando una escasez creciente de agua dulce disponible la
población pobre se encuentra discriminada y consume menos agua que la de los
países ricos.
La tercera de las crisis arriba mencionadas,
obedece a las políticas del Banco Mundial y el Consejo Mundial del Agua que han
promovido la privatización y mercantilización de los servicios públicos de
acueducto y alcantarillado, acentuando la desigualdad y poniéndole precio de
mercado al agua. Esta política, como señala Barlow, impidió por mucho tiempo
que se reconociera el derecho humano al agua.
BOGOTÁ INTENTA UN CAMBIO DE RUMBO
En Colombia, recordemos, hay diez millones de
personas que no acceden al agua potable. Sin contar con quienes ven suspendido
el servicio por no poder pagar las altas tarifas que ha implicado la
privatización y mercantilización de este. Los suspendidos rondaban, entre 2008
y 2011, en Bogotá, la cantidad de 300.000 usuarios en promedio.
Una de las políticas impulsadas por la actual
Alcaldía y la
Administración de la
EAAB, como respuesta a la movilización social y en particular
a la iniciativa del Referendo por el Derecho Humano al Agua, fue hacer
efectivo, para los estratos uno y dos, el mínimo vital gratuito de agua. Esto
ha conducido a un ahorro del 22% en el consumo de estos estratos,
aproximadamente el 35% de la población de Bogotá, reduciendo de esta manera la
cantidad de suspensiones[4]. De
paso la actitud ahorradora de la población contradice el argumento según el
cual el mencionado mínimo llevaría al derroche del agua por los beneficiarios.
Al contrario, esta se ajusta al mínimo para reducir sus costos de vida.
Otra medida fundamental tomada por la actual administración ha sido la
denominada “retoma”, a partir del primero de Enero del presente año de las
funciones delegadas a empresas privadas[5].
Estas temían a su cargo la medición del consumo de agua, la correspondiente
facturación y el mantenimiento de las redes secundarias del acueducto en tres
de las cinco zonas en que se divide la ciudad para estos efectos.
La decisión anterior se tomo no solo en desarrollo de la política de
fortalecimiento de lo público, bandera del movimiento social y sindical acogida
por la Administración,
sino con base en un estudio que demostró los elevados costos[6] y la
notable ineficiencia[7] del
sistema de “tercerización” plasmado en los denominados “Contratos Especiales de
Gestión”, frente a los cuales se produjo la mencionada “retoma”.
Las anteriores medidas no se consolidarán e incluso podrían revertirse si
no son rodeadas e impulsadas por el movimiento social pues desafían importantes
intereses y núcleos estructurales del modelo neoliberal. Hasta ahora hay un
notable déficit en la participación de dicho movimiento y solo el Sindicato de la EAAB aparece como soporte de
las mismas a este nivel.
LA SABANA
DE BOGOTÁ Y LA INDISPENSABLE DIMENSIÓN
REGIONAL
Todo lo anterior, sin embargo, tampoco será duradero ni sostenible si no se
trabaja en la restauración y preservación del ciclo hidrológico. Este aspecto
es fundamental para la “justicia del agua”. En el caso de la Sabana de Bogotá reviste
particular importancia pues se trata de una cuenca cerrada articulada en torno
al río Bogotá que no cuenta con agua suficiente para atender las necesidades de
la numerosa población asentada en ella y concentrada fuertemente en el
perímetro urbano del Distrito Capital. El agua que actualmente se consume en
Bogotá buena parte de la región es “importada” de la cuenca del Orinoco, a
través del sistema Chingaza.
En la dirección anterior el Plan de Desarrollo de Bogotá, adoptado mediante
el Decreto 489 de 2012 se propone, en el segundo de sus ejes, enfrentar el
cambio climático y ordenar el territorio alrededor del agua. A su vez entiende
la “gobernanza” en un sentido diferente al anteriormente criticado, anotando en
el artículo 24 que esta: “… partirá de considerar una
visión integral de cuenca para el río Bogotá, sus afluentes y demás cuerpos de
agua, en un sistema que integra el agua superficial, freática y subterránea, el
clima y los demás sistemas que conforman su ciclo”. El concepto, en el Plan de
Desarrollo, incluye aspectos como una nueva cultura alrededor del agua y una
nueva relación de la ciudadanía con el Estado.
Las anteriores
perspectivas deben ser desarrolladas pasando de los enunciados a las acciones
para lo cual será indispensable el concurso del movimiento social.
Lamentablemente este movimiento no se ha convocado con fuerza desde la Administración Distrital,
ni siquiera está suficientemente informado sobre las medidas y planes adoptados
y tampoco se autoconvoca, pareciendo no entender que las medidas adoptadas son
ante todo el resultado de sus luchas de muchos años[8].
La visión que se
proyecta desde la
Administración Distrital contrasta con la imperante en la
gran mayoría de los municipios sabaneros, con notables excepciones, entre las
que se podrían contar Soacha, Mosquera y Sopó. Predomina en gran parte de la
región una visión desarrollista que pretende el crecimiento económico y el fortalecimiento
de los fiscos municipales a partir de una urbanización desaforada o de la
instalación de complejos industriales y agroindustriales, sin tener en cuenta
la vocación eminentemente agropecuaria y forestal del territorio y los daños
que ocasiona la contaminación derivada de aquellas actividades. Más grave aún,
los municipios ni siquiera cuentan con
sistemas eficientes de alcantarillado y se acogen a las normas sobre “vivienda
campestre” que autorizan la instalación de pozos sépticos como alternativa. Tampoco
cuentan con un sistema adecuado de tratamiento de sus aguas residuales, ni
siquiera Bogotá lo tiene.
La ocupación del
territorio de la Cuenca
Alta del Río Bogotá supone, por el contrario, atender a las
características ecológicas que le son propias, desechar las actividades que se
contraponen a ellas, adelantar procesos de transformación siguiendo su lógica.
Para ello es necesario emprender, sin dilación, la construcción de un Plan de
Ordenamiento Ambiental Territorial[9]
que debe ser precedido de un diálogo regional. De manera constructiva es
necesario sentar a la mesa de conversaciones a todas las posiciones y
confrontar de manera directa pero respetuosa las distintas visiones,
profundizando sus alcances y supuestos. Obviamente no se trata de una
conciliación ecléctica en la cual se terminen imponiendo los intereses de
urbanizadores, industriales o agronegociantes, sino de escudriñar a fondo las
alternativas, que indudablemente existen, al actual modelo depredador.
Lo que hay que
gobernar no es el agua, sino las actividades que la sociedad realiza en el territorio. El agua esta gobernada por
la lógica de la naturaleza a la cual ella pertenece. La cultura que es la forma
como los seres humanos nos adaptamos o desadaptamos a la lógica ecosistémica y
que comprende las formas de producir, la organización social y política y el
mundo de lo simbólico, es el campo donde debemos construir una nueva forma de
vivir ambientalmente sostenible. No gobernemos el agua, construyamos una nueva
sociedad.
[1] El Conversatorio organizado por el Jardín Botánico de Bogotá, se realizó el pasado 21 de Febrero, en la Biblioteca Virgilio Vargas y en las horas de la tarde continuó en el Auditorio del JBB, con transmisión en directo del Canal Capital.
[2] El panel tuvo lugar el pasado 20 de Febrero en el Club de Ingenieros de Bogotá
[3] La revista Nature informa que el 80% de la población humana vive en zonas en donde las aguas de los ríos están muy amenazadas. (Asit Biswas, Water Pollution expert derides UN Sanitation Claims, The Guardian, 26-04-2010)
[4] Las anteriores cifras están en proceso de corroboración por la EAAB.
[5] Se trata de las empresas Aguazul, Proactiva y hasta hace dieciocho meses, Aguas Capital de la familia Nule, que debido a los escándalos de corrupción entregó la zona 1 (Suba y Usaquén), la mas lucrativa de la ciudad, a Aguazul.
[6] Así lo demuestra la evaluación realizada por la firma CEFINCO, en la cual se hace una comparación de tres períodos a saber: 1998 al 2002, durante el cual las funciones, luego trasladadas a los operadores privados, estuvieron a cargo de la EAAB. El segundo período va de 2003 a 2007, en el cual mediante los denominados “Contratos Especiales de Gestión” – CEG- dichas funciones fueron encargadas a tres operadores externos y el tercero de 2008 al 31 de Diciembre de 2012, correspondiente a la segunda generación de los mencionados contratos, en que actuaron tres operadores privados. Al comparar el segundo período con el primero el estudio de CEFINCO concluye lo siguiente: “El periodo “PRIMEROS CEG 2003- 2007” en el cual aparecieron los primeros Contratos Especiales de Gestión, por medio de los cuales los Gestores se encargaron de las actividades descritas, apareció el “Costo CEG” que corresponde al valor pagado a los contratistas, también aparece el “Costo de Interventoría” efectuado por la EAAB y aparecen “Costos judiciales” en que la EAAB debió incurrir y que están relacionados con demandas o tribunales de arbitramento derivados de los CEG. Los costos totales anuales oscilaron entre $ 98.409.722.952 y $120.803.429.229. El valor total de costos globales durante el periodo fue de $ 557.387.804.915 a pesos constantes de 2012. Este valor es superior en más de un 53% al valor del primer periodo.” Al comparar el tercer período con el segundo el estudio mencionado concluye: “Los costos totales anuales oscilaron entre $ 84.311.465.078 y $121.446.855.441. El valor total de costos globales durante el periodo fue de $ 495.111.626.030 a pesos constantes de 2012. Este valor es superior en más de un 34% al valor del primer periodo y es inferior en un 11% al costo del segundo periodo”. La conclusión global de CEFINCO no deja dudas: “De los anteriores análisis es claro que independientemente de otras consideraciones técnicas, y bajo los parámetros elegidos, la prestación fue menos costosa para la EAAB cuando lo hizo sin Gestores”
[7] Los contratos especiales de gestión tenían como objetivo disminuir el índice de agua no contabilizada – IANC-, es decir el agua que circula por las tuberías pero no se puede cobrar pues se pierde por fugas o por consumo fraudulento. Dicho índice estaba en el 36% en 2002. Los gestores privados no solo no lo disminuyeron sino que incluso aumentó. En efecto, en los dos primeros años de su “gestión” alcanzó el 40% y a Junio de 2012, se encontraba en el 37,98%. Entre tanto en las dos zonas en las que el mantenimiento de las redes secundarias quedó a cargo directo de la EAAB, se presentó una leve mejoría que no siendo un gran logro desnuda la supuesta eficiencia de la gestión privada. En ellas el IANC se redujo al 35,91%, a Junio de 2012. La conclusión de CEFINCO es lapidaria en este punto: “El gran fracaso se refiere a una gran meta: el mejoramiento del IANC, lo que no se logró en los nueve y medio años que lleva el modelo”.
[8] En este sentido es notable el esfuerzo mancomunado de organizaciones sociales, la EAAB y las Secretarías de Planeación y Ambiente en la organización de las mesas ambientales en varios municipios de la Sabana. Proceso que confluyó en el Foro realizado en el mes de Diciembre pasado.
[9] Para ello hay insumos muy importantes en los trabajos de los profesores Thomas Van Der Hammen, Julio Carrizosa y Alberto Mendoza.

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