jueves, 31 de enero de 2013

Se enreda reforma del Código de Minas Por: Viviana Londoño Calle

Control ambiental, el más golpeado



El Ministerio de Minas reconoció atrasos en el proceso y la posibilidad de que el país tenga que volver a la antigua legislación.
Quedan 100 días para que la minería en el país vuelva a regirse por el antiguo Código de Minas. El 11 de mayo, la Ley 1382 de 2010 que lo reformaba quedará sin efectos, como lo ordenó la Corte Constitucional debido a que el Gobierno no adelantó la consulta previa. Por eso, ante la ausencia de un nuevo proyecto, el retroceso será un hecho, reconoció esta semana el Ministerio de Minas.
Aunque en el Ministerio se dice que volver al antiguo código mientras se adelanta la nueva reforma no representará mayores traumatismos, en otros sectores aseguran que es necesario agilizar el proceso para redefinir las reglas de una actividad que tiene enormes implicaciones ambientales y sociales, a la par de poco control al respecto.
El golpeado proceso para renovar el Código de Minas empezó en 2010. Ese año, a través de la Ley 1382, se reformó la hoja de ruta minera, incluyendo cambios tan relevantes como la prohibición de la minería en zonas de páramo y humedales Ramsar. Con el antiguo código se había permitido, según datos de Catastro y Registro Minero, la entrega en el país de 394 títulos en páramos, que hasta ahora siguen vigentes.
Pero después de verificar que no se hizo la consulta previa, la Corte Constitucional declaró inexequible la reforma y dio un plazo de dos años para presentar una nueva propuesta. Precisamente esos dos años se cumplen el próximo 11 de mayo, y la nueva reforma todavía no está sobre la mesa.
El retraso, dice el ministro de Minas, Federico Renjifo, no tiene otra explicación que la dificultad para adelantar el proceso de consulta previa. Aunque desde el año pasado se habían establecido contactos con algunas comunidades, a esta hora los avances son pocos y el proceso puede dilatarse aún más, según el ministro, debido a que desde diciembre el Ministerio del Interior anunció que debe ampliarse el espacio de representación de las negritudes.
Sumado a lo anterior, hay otras dos consultas previas en camino que también tendrán que resolverse y que tendrían mayor prioridad: la de la reforma de las corporaciones autónomas regionales y la del Estatuto de Desarrollo Rural. Se estima que las tres consultas podrían costarle al país $12.000 millones.
Frente al regreso al antiguo Código de Minas, una de las mayores preocupaciones ha sido saber qué va a pasar con los páramos y humedales. Al respecto, Renjifo insiste en que seguirían blindados, pues la prohibición de minería en esos sitios también está incluida en el Plan Nacional de Desarrollo del presidente Santos.
Pero, ¿qué va a pasar con estas zonas cuando el gobierno Santos acabe su período (agosto de 2014)? Estas y otras inquietudes son las que tienen hoy expertos en derecho ambiental, como Sebastián Rubiano, quien señala que lo más razonable sería no entregar títulos mineros mientras no esté lista la nueva reforma.
Pero no sólo lo ambiental está en juego. Álvaro Pardo, director de Colombia Punto Medio, señala, por ejemplo, que la renovación automática de los contratos es otro punto clave. Mientras la reforma planteaba que no habría renovación automática, sino que dependería de estudios rigurosos y del cumplimiento de la mineras, en el viejo código las prórrogas son automáticas. Un hecho que favorecería a todas las mineras que están próximas a renovar sus contratos. Otro de los asuntos importantes tiene que ver con los temas sociales en las áreas de influencia de las empresas y frente a los cuales el viejo código es bastante laxo, como señala Pardo.
La lista de cambios necesarios es larga y el encargado de hacerlos será el Ministerio de Minas. En cien días son pocos los avances que habrá al respecto, y teniendo en cuenta las limitaciones por la consulta previa, el proceso puede alargarse mucho más. Sin embargo, en el Ministerio son optimistas y señalan que es probable que antes de que termine este año al país podrá tener una reforma al Código de Minas. Por ahora, no queda más alternativa que dar un paso atrás.
http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/vivir/articulo-402048-se-enreda-reforma-del-codigo-de-minas

¿Reducir emisiones para combatir el cambio climático? Depende./Ferran P. Vilar


El texto que sigue corresponde a un artículo escrito por amable invitación de la revista Mientras Tanto, al que he añadido algunas ilustraciones. Recomiendo además la lectura de los demás artículos del ejemplar, dedicado a ‘Los límites del crecimiento: Crisis Energética y Cambio Climático’, a cargo de Antonio Turiel, Roberto Bermejo, Hermann Scheer y Richard Heinberg.
Cuando pronuncio conferencias sobre cambio climático siempre comienzo señalando que nos encontramos frente a un tema maldito. Es maldito por las limitaciones físicas, atávicas, psicológicas y culturales que nos impiden, no tanto la comprensión de sus mecanismos, sino la propia percepción del problema (1). Es maldito por la gran cantidad de malentendidos que residen incluso en personas con cierto conocimiento de los orígenes, dinámica y eventuales respuestas a la cuestión. Es maldito porque las únicas respuestas con alguna verosimilitud de eficacia significan un cambio tan sustancial en el status quo que requerirían, previamente, incluso una reconsideración de los valores fundacionales de nuestra civilización. Finalmente, en un vano intento de autojustificación, me refiero a la maldición del conferenciante. Desde luego una parte de los oyentes escuchará de mí aseveraciones que no quiere oír, pero que debe conocer. Pero otra, la ecologista, puede levantar también, frente a algunas de mis afirmaciones, sus defensas intelectuales. Ambos serán movidos por la emoción antes que por la razón. Al final, mis conclusiones serán (probablemente) apreciadas, pero afirmaciones tan extraordinarias habrían requerido fundamentaciones extraordinarias por lo que, inexorablemente, no tendré bastante con el tiempo que los organizadores me han adjudicado a pesar de mis denodados esfuerzos de síntesis. Confío que la longitud que me han otorgado para este texto y la posibilidad de incluir referencias permita salvar este inconveniente, siquiera de forma parcial.
Me propongo aquí mostrar la incorrección de las siguientes afirmaciones:
  1. Es posible estabilizar el clima a las condiciones actuales e incluso revertir la perturbación causada hasta ahora en tiempo útil
  2. Para reducir la magnitud de la crisis climática basta con la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI)
  3. La reducción del empleo de combustibles fósiles supondría una disminución de la temperatura media de la Tierra

El comportamiento sistémico

Estamos programados culturalmente para suponer linealidad en los fenómenos. A doble causa corresponde doble efecto. A doble unidad de tiempo se producirá una respuesta doble si la perturbación se mantiene constante. Una de las primeras cosas que aprendemos en nuestra infancia es la tabla de multiplicar, paradigma de la proporcionalidad. Sin embargo, tanto los fenómenos de la naturaleza como los sociales, y desde luego la interacción entre ambos, tienen carácter sistémico y, por tanto, evolucionan exponencialmente.
Un sistema contiene, de forma general, lazos de retroalimentación. En ellos, el efecto resultante (respuesta) de una causa (perturbación del sistema) produce a su vez una variación en la intensidad de la propia causa que la produce, de tal forma que el efecto bien resulta atenuado (denominada retroalimentación negativa, porque resta), bien aumentado (retroalimentación positiva, porque suma). Esta sola característica está en el origen de la forma exponencial, o sea no proporcional, de la evolución de la respuesta a la perturbación. Se ha demostrado que somos muy torpes al evaluar las respuestas exponenciales más simples y, en particular, somos especialmente insensibles al exponente (2). También sabemos que en el sistema climático de la Tierra predominan de forma abrumadora los lazos de retroalimentación positiva, en los que el efecto amplifica la causa[1]. Además, un sistema contiene, de forma general, retardos, lo que significa que puede transcurrir un lapso de tiempo entre la aparición de la perturbación y la manifestación de la respuesta.
En el caso del sistema climático, la perturbación son los gases de efecto invernadero (GEI), notablemente el dióxido de carbono, y la respuesta se suele medir en términos de temperatura media de la Tierra. La figura adjunta muestra la evolución exponencial de esta respuesta: la inclinación es mayor cuanto más cercano en el tiempo es el intervalo considerado (3).

Evolución de la temperatura desde mediados del siglo XIX. Los puntos negros son los valores de temperatura, y las líneas coloreadas son aproximaciones lineales calculadas en tres intervalos distintos que terminan en la actualidad. Se observa como, cuanto más cercano es el intervalo, mayor es su pendiente, lo que está en consonancia con la evolución exponencial. Fuente: IPCC, 2007.
Por su parte, el retardo tiene lugar debido a la presencia de los océanos y de las masas de hielo, cuya elevada inercia térmica ejerce una función de moderación, aunque sólo temporal.  Se estima que la temperatura actual corresponde a la composición de la atmósfera de hace entre 5 y 50 años (4), aunque algunos autores declaran un retardo incluso superior. En consecuencia, los impactos más severos del cambio climático serán experimentados por las personas hoy más jóvenes y por quienes todavía no han nacido, todas ellas con limitadas o nulas posibilidades de defender sus derechos.  Así, éstos, junto a las de las personas que vayan a vivir durante los siglos y milenios venideros, resultan depender exclusivamente de nuestras decisiones del presente (y del pasado). Este hecho, inédito en la historia a este nivel de magnitud, plantea enormes retos desde un punto de vista estrictamente ético.

Equilibrio, estabilidad y sistemas de control

Un sistema puede tener uno o varios estados de equilibrio (o ninguno). En esa situación, el sistema se mantiene estable medido en sus variables de estado. Por ejemplo, distintas combinaciones de concentración de GEI, temperatura, nivel del mar y cantidad de vapor de agua en la atmósfera pueden suponer estados de equilibrio distintos. Pero es importante tener en cuenta que no todos los estados de equilibrio que uno pueda imaginar son posibles, lo que puede demostrarse matemáticamente de forma inequívoca.
Por su parte, cada estado de equilibrio tiene su margen de estabilidad, a saber, la cantidad de perturbación que puede soportar alrededor del estado de equilibrio en cuestión. Dentro del margen de estabilidad, el sistema acabará volviendo al estado de equilibrio si cesa la perturbación, o fijado en un valor algo distinto al de equilibrio, pero alrededor de él. Pero si esa perturbación es superior al margen de estabilidad, el sistema, autónomamente, cambiará de estado de equilibrio, adquiriendo vida propia durante el régimen transitorio de paso de un estado a otro. En la analogía del Titanic, un estado de equilibrio es el navío a flote antes del impacto contra el iceberg, y otro estado de equilibrio es el navío en el fondo del mar. No hay estados de equilibrio intermedios.
La analogía con el Titanic permite además evidenciar el comportamiento exponencial. Una vez desestabilizado, el navío comienza a capotar de una forma que, al principio, parece proporcional al tiempo. Sin embargo, el hundimiento se va acelerando hasta que se hunde por completo con gran rapidez. Junto a la lentitud del fenómeno climático, que no estamos atávicamente programados para percibir como amenazante, el hecho de que los comportamientos exponenciales sean casi proporcionales en sus inicios dificulta enormemente la percepción de la magnitud del problema por parte del público.
Una de las principales dificultades del pensamiento sistémico es la definición de los contornos del sistema. De forma general, cuanto más se amplía el ámbito en el que ocurren los sucesos, se advierte la participación de un mayor número de variables. Siguiendo con la analogía, en el ‘sistema Titanic’ el umbral de estabilidad, según señaló el ingeniero jefe, era la inundación de cuatro camarotes. Con cuatro camarotes se podía resistir, estableciendo un sistema de control que, por ejemplo, contuviera la entrada de agua mediante compuertas u organizando un comando que la achicara a medida que el agua iba embarcando. Pero se inundaron cinco, lo que le llevó a predecir el hundimiento subsiguiente en términos de certeza matemática (5). Pero si en lugar de considerar el navío aisladamente tomamos en consideración el sistema navío + océano + iceberg, conviene darse cuenta de que, incluso antes del momento en que la tripulación advirtiera el peligro, es posible afirmar que el Titanic, dada su velocidad, estructura y sistema de control, se iba a hundir irremediablemente. De alguna forma, ya estaba hundido. La superación de los umbrales de estabilidad suele tener lugar de forma totalmente silenciosa.
No es posible, hoy por hoy, afirmar categóricamente que el umbral de estabilidad del sistema climático de la Tierra haya sido ya superado. Tampoco es posible afirmar lo contrario. Como veremos más adelante, es incluso arriesgado afirmar que el planeta se haya encontrado en un estado de equilibrio climático, inherente al sistema, durante los últimos 10.000 años, aunque bien es cierto que sus parámetros se han mantenido notablemente estables. De haberse perdido esta estabilidad, a lo único que podemos aspirar es a analizar la viabilidad de diseñar e implementar un sistema de control que mantenga constante algún parámetro, por ejemplo la temperatura media. Pero hay que hacerlo a tiempo.

Emisiones, concentración e interacciones

El pensamiento sistémico requiere de una adecuada comprensión de la diferencia entre flujos y acumulaciones, conceptos que muy a menudo se confunden. Incluso personas del mayor nivel intelectual reflexionan erróneamente violando, por ejemplo, el principio de la conservación de la masa. En un conocido ensayo realizado a estudiantes y doctores del Massachussets Institute of Technology, particularizado al ámbito climático, se confirmó un buen número de estudios anteriores realizados sobre personas altamente cualificadas, incluyendo responsables de grandes empresas. En ellos se puso de manifiesto la dificultad de la mayoría de ellas para analizar correctamente el funcionamiento del sistema climático en sus aspectos más elementales cuando se solicitaba una reflexión cualitativa y no se les permitía emplear las herramientas analíticas y matemáticas convencionales (6). Así, el comportamiento de la mayoría de las personas analizadas llevaba a deducir que éstas creían que, mientras las emisiones siguieran aumentando, el cambio climático empeoraría pero que, si las emisiones dejaran de crecer, el clima se estabilizaría.
Cuando se les permitía hacer uso de un simulador con el que analizar las consecuencias de sus acciones, los que eran capaces de establecer estrategias correctas de contención sólo lo hacían cuando estaban muy cerca del límite de tiempo disponible (7). Se evidenció así la dificultad de percibir los tiempos de retardo de los sistemas en general, y del climático en particular y, con ello, la baja probabilidad de realizar acciones correctivas con anticipación, cuando su coste es inferior. De modo que en la realidad, dados los inevitables márgenes de incertidumbre en el caso climático, la probabilidad de creerse erróneamente a tiempo de actuar es, pues, significativa.
Lo que perturba el sistema climático no son las emisiones, sino la concentración resultante de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera. Es preciso tener en cuenta que, por su parte, la Tierra absorbe, tanto en los océanos como en la biosfera, una parte de las emisiones antropogénicas. La absorción de GEI por parte de la Tierra supone alrededor de la mitad de las emisiones, si bien su capacidad de ser sumidero disminuye con la concentración y algunos subsistemas pasan a ser emisores netos a partir de cierto nivel de temperatura. Ya hoy en día, algunas zonas del mar Báltico se han convertido en emisoras netas de dióxido de carbono (8). Las prácticas agrícolas actuales constituyen también una fuente neta de emisiones de GEI, en particular óxidos de nitrógeno.
A este respecto se suele utilizar como ilustración la analogía de la bañera. Supongamos un recipiente con el desagüe abierto y también el grifo. Si el caudal de salida del grifo es superior a la capacidad de desagüe, el nivel de la bañera aumentará. Es posible reducir el caudal del grifo pero, mientras el caudal de desagüe siga siendo inferior al del grifo, el nivel de agua de la bañera seguirá aumentando.
En el sistema climático, el flujo son las emisiones y el acumulador es la atmósfera, que medimos en forma de concentración de GEI. Medimos las primeras en términos de gigatoneladas de CO2 al año, y la segunda en partes por millón en volumen (ppmv). Para ‘estabilizar’ la concentración de GEI a un valor determinado (pero no el clima, dados los retardos) sería preciso emitir gases a la atmósfera al mismo ritmo al que la Tierra es capaz de absorberlos. Sólo por debajo de este valor de emisiones la concentración podría comenzar a disminuir, salvo que algún subsistema terrestre se haya convertido ya en emisor neto lo que, por otra parte, está previsto que suceda en los años 2020 (9).
En este punto conviene distinguir entre los distintos GEI. A diferencia de casi todos los demás gases (metano, ozono troposférico, óxidos de nitrógeno, algunos CFC y HFC, etc), el CO2 remanente tiene un tiempo de residencia en la atmósfera que se mide en decenas de miles de años[2] (10). Este hecho está en la base de la irreversibilidad del cambio climático (11), y nos informa de que, a todo lo que podemos aspirar, es a intentar frenar el proceso en curso.

La estrechez del margen disponible

Por este motivo, para tener alguna posibilidad de evitar la superación del umbral de estabilidad del sistema, medido en términos de aumentos permanentes e intolerables del nivel del mar durante siglos que cambiarían radicalmente la faz del planeta – umbral estimado hoy en alrededor de 1,0 ºC (12) en términos de temperatura media relativa al promedio de la era preindustrial[3]  - la reducción de las emisiones de CO2 debe de ser absolutamente drástica. Se estima que, en 2050, debería haber sido reducida, como mínimo (13), a una décima parte de las actuales. Esto conseguiría estabilizar la concentración de CO2 en la atmósfera. Para ello sería necesaria una reducción del 6% anual, empezando no más tarde de 2013 (12).

Izquierda: Evolución del CO2 atmosférico si las emisiones se reducen al 6% anual comenzando en 2012 y se produce una reforestación que consigue retirar 100 GtC de la atmósfera, en el período 2031-2080. Se observa que la reducción al valor necesario apenas se produce antes de 2150; Derecha: Evolución del CO2 atmosférico si las emisiones continúan BAU y se produce una reducción del 5% anual comenzando en 2020, 2030, 2045 y 2060.
Dado que es posible comparar el empleo de energía con el producto interior bruto podemos estimar que, de no producirse una sustitución masiva y rápida de los combustibles fósiles por sistemas alternativos de generación de la misma energía útil, este requerimiento equivaldría a una reducción necesaria del PIB mundial del mismo orden de magnitud. Supongamos un 5% si se consigue mejorar la denominada intensidad de carbono en la producción energética que, por lo demás, actualmente está aumentando debido a un empeoramiento de la eficiencia energética (14) y a una contribución creciente del carbón en el mix eléctrico. Este es el valor que se considera como límite por debajo del cual lo que resulta severamente afectado es la estabilidad del sistema social. En este sentido se menciona la unión de las Alemanias anteriores al fin de la guerra fría, que supuso, tras la reunificación, una reducción de este orden de magnitud – si bien sus impactos sociales resultaron amortiguados por encontrarse en un entorno de fuerte crecimiento económico internacional (15). Esta situación debería tener lugar de forma planificada a lo largo de 40 años consecutivos, a nivel mundial[4]. Cómo se distribuya el esfuerzo resulta ser un problema ético y político, pero no físico.
Es cierto que las energías alternativas pueden contribuir a mitigar este impacto, pero sus características intrínsecas (intermitencia, baja tasa de retorno energética) generan dudas muy razonables sobre su capacidad para aportar una sustitución efectiva alrededor de los niveles actuales (16). En la improbable hipótesis de que fuera posible un despliegue masivo sin violar las leyes de la termodinámica se generarían problemas de escala y de interferencia que, o bien invalidarían el optimismo tecnológico inicial, o bien crearían nuevos problemas cuya solución no se vislumbra a día de hoy (17,18,19).
Esta necesaria reducción de emisiones, sin embargo, no sería suficiente para mantener una perturbación del sistema climático dentro de límites tolerables. La concentración actual de CO2 en la atmósfera, superior ahora a los 390 ppmv, ha rebasado el nivel de 350 ppmv que, hoy por hoy, se considera como límite máximo (20). Es posible que, si el rebasamiento presente no dura demasiado, los retardos del sistema permitan que la energía acumulada no llegue a aumentar lo suficiente como para iniciar la fusión (y derrumbamiento) imparable de las grandes masas de hielo del planeta. De ser así, el nivel del mar llegaría a superar en 75 metros (!) al actual (21), cosa que se iría produciendo durante siglos de aumento permanente. Se darían además episodios súbitos difíciles de anticipar, por lo menos con los conocimientos del presente y los del futuro previsible.
Para evitarlo es imprescindible retirar de la atmósfera el exceso de carbono actual. Contrastadas ventajas e inconvenientes de las distintas opciones, el mismo trabajo de referencia liderado por James Hansen[5] que señala la necesidad de reducir las emisiones al 6% anual con carácter inmediato apuesta por la reforestación masiva, reforestando todo lo deforestado en los últimos 150 años, así como cambiar las insostenibles prácticas agrícolas actuales y convertir esta actividad en un sumidero de carbono. También se estima necesario al empleo de plantas de generación de energía eléctrica a base de biocombustibles (sólo a partir de residuos agrícolas o forestales), pero necesariamente con secuestro geológico del CO2 resultado de su combustión[6]. Este trabajo está firmado por 14 eminencias científicas de todo el mundo[7].
Otra de las características de un sistema retroalimentado es la emergencia de comportamientos contra-intuitivos.

El cielo no es lo que era


El pacto de Fauto. Los humanos han gozado de los frutos de la revolución industrial y han evitado al mismo tiempo un gran coste en cambio climático mediante el efecto enfriador de los aerosoles del carbón. El pago se produce cuando la humanidad se da cuenta de que resulta intolerable el crecimiento exponencial de la contaminación atmosférica que sería necesario para una contínua mitigación del calentamiento debido a los gases de efecto invernadero
Uno de los malentendidos más flagrantes del problema climático se refiere a la creencia de que la reducción del empleo de combustibles fósiles, y en particular la reducción o eliminación de las centrales térmicas generadoras de energía eléctrica a base de carbón, supondría una disminución de la temperatura media de la Tierra y contribuiría, así, a mitigar la crisis climática.
Ciertamente, la clausura de las centrales térmicas de carbón y gas natural supondría una reducción muy sustancial de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Sin embargo, la mayoría de centrales térmicas emiten otros gases, resultado de las impurezas del carbón y de la combustión incompleta. Entre éstos se encuentran, de forma destacada, los compuestos de azufre. Éstos, al combinarse con el vapor de agua, forman el ácido sulfúrico de la conocida lluvia ácida, y generan micropartículas sólidas (aerosoles).
Este tipo de aerosoles tiene una propiedad singular en relación a los demás gases y partículas con los que contaminamos la atmósfera reguladora del clima. No sólo no añaden efecto invernadero sino que, por el contrario, reflejan parte de la luz del sol hacia el espacio. Así, la irradiación solar promedio que hoy alcanza la superficie de la Tierra es significativamente inferior a la que recibiríamos de no  existir estas centrales de carbón. Es lo que se conoce como el efecto de ‘oscurecimiento global’ que, en algunas zonas de la Tierra (EE.UU.) ha llegado a suponer una disminución del 10% en la radiación solar (22), si bien este efecto ha sido mitigado en las dos últimas décadas pero, en cambio, se prevé que pueda volver a aumentar a corto plazo (23). De no existir este efecto de apantallamiento se estima que  la temperatura media de la Tierra sería, ya hoy, sensiblemente superior a la actual, con consecuencias dramáticas.
El hecho de que el azufre causante de la lluvia ácida y distintos problemas de salud sea a su vez un protector térmico constituye una de las ironías del sistema climático, una especie de pacto de Fausto. Si bien la temperatura ha ido creciendo desde los inicios de la revolución industrial, en los 30 años posteriores a la segunda guerra mundial el crecimiento térmico se detuvo, para reiniciarse a finales de los 70 con nuevos bríos. El motivo no fue otro que inicio del crecimiento económico exponencial, que requirió del despliegue generalizado de miles de plantas térmicas de generación de energía a base de carbón. Éstas, que iban aumentaron la concentración de CO2 en la atmósfera, producían a su vez grandes cantidades de aerosoles de azufre, hasta el punto de compensar el forzamiento de los GEI, que actúan con menor inmediatez. En los años 70,  como resultado de la alarma ciudadana respecto a la lluvia ácida, muchos países establecieron una normativa por la cual las empresas eléctricas se vieron obligadas a filtrar el azufre. Esto produjo una reducción sensible del efecto de apantallamiento y, como resultado, la temperatura reinició su aumento.
En los Estados Unidos la normativa se aplicó únicamente a las centrales nuevas, con lo que todavía muchas centrales siguen emitiendo azufre y apantallando el planeta, si bien su efecto de compensación ya no alcanza a neutralizar el efecto del CO2. Pero en la mayoría de los países del mundo, y desde luego los de industrialización reciente, esta normativa es, todavía hoy, inexistente, o bien no se aplica.
La importancia de este fenómeno reside en el hecho de que el carbón debería ser el primero de la lista a la hora de reducir el consumo de combustibles fósiles. Esto es así debido a que, por unidad de energía producida, la cantidad de emisiones de CO2 generadas por la combustión de carbón es casi el doble del caso en que esa misma cantidad de energía se obtiene a partir de la combustión del metano (gas natural)[8]. En este sentido es importante saber que, si bien el CO2 se mantiene en la atmósfera de forma virtualmente indefinida ejerciendo su efecto invernadero, la vida media de estos aerosoles troposféricos es de sólo unos pocos días, pasados los cuales han decaído a la superficie. Si su concentración atmosférica sigue aumentando es solo debido a la producción continuada y creciente de electricidad, principalmente  en las centrales de carbón sin protección. Ocurre entonces que, de clausurarse éstas (o incorporar protección), la temperatura, en lugar de disminuir como podría suponerse, en realidad aumentaría a medida que fuera desapareciendo el efecto de apantallamiento.

Ciclistas a 100 km de Pekín (Getty Images)
Cuál fuera a ser el incremento de temperatura resultante sin la presencia de estos aerosoles reflectantes es algo sobre lo que la comunidad científica no ha dicho todavía la última palabra. El campo específico de los aerosoles, dada su amplia variedad, su distinta intensidad y signo de forzamiento, la dificultad de aislarlos para ser analizados separadamente, su mezcla con el polvo atmosférico de origen natural y su intervención necesaria en la formación de la nubosidad, resulta ser, en el marco del conjunto de la ciencia del clima, el que mayores márgenes de incertidumbre atesora todavía. En todo caso está claro que todos los aerosoles, salvo los de azufre y algunos nitratos en menor medida, añaden efecto invernadero. En particular la carbonilla orgánica o mineral, cuyo origen se encuentra en la actividad de cocción con leña en los países más tradicionales, como la India, en los incendios forestales, espontáneos o producto de la deforestación voluntaria, y en los motores diesel.
Con todo, en los distintos trabajos de investigación a este efecto de apantallamiento se le responsabiliza de ocultar entre 0,9 ºC y 3,0 ºC (refs. 24 y 25 respectivamente). Además, la curva de probabilidades no es simétrica, sino que está decantada hacia los valores superiores (26). La única forma de reducir este margen de incertidumbre consiste en efectuar mediciones por satélite, pero los que están actualmente en servicio no están preparados para la misión y los dos últimos satélites de observación climática, el Orbiting Carbon Observatory y el Glory, dedicado  este último al análisis de los aerosoles de forma específica, por algún motivo no llegaron a alcanzar la órbita prevista y yacen ahora en el fondo del mar.
¿Significa esto que el problema no tiene solución? Todavía no, pero lo complica extraordinariamente. Una forma de compensar el enfriamiento producido por los aerosoles al ir reduciendo la combustión de carbón sería reducir todavía más el nivel de CO2 pero, si en 2050 las emisiones de este gas  deben ser, como máximo, un 10% de las actuales, y bajando, no nos queda margen. La única alternativa es la reducción de los demás gases de efecto invernadero distintos al CO2, así como del otro tipo de aerosoles, que añaden efecto invernadero.
Se da la circunstancia de que el efecto de calentamiento del conjunto de todos esos otros gases resulta ser comparable al efecto de enfriamiento estimado de los aerosoles (27). De modo que si, a medida que se van clausurando las centrales de carbón para reducir el CO2, consiguiéramos una reducción paralela de las emisiones de todo lo demás, ambas acciones podrían compensarse, siquiera parcialmente. Nos damos cuenta de que este requerimiento necesario añade nuevos grados de dificultad a la tarea ya hercúlea de reducir las emisiones de CO2 al nivel requerido, constriñendo adicionalmente el espacio de salidas a la crisis climática. Además, las interacciones entre esos gases complican más el panorama pues si, por ejemplo, se produjera una reducción de emisiones de óxidos de nitrógeno, aumentaría el calentamiento provocado por el metano y el ozono, con los que el nitrógeno reacciona, resultando así parcialmente neutralizado el efecto de reducción de esos otros GEI (28).

Eficacia de los comportamientos personales

Un malentendido similar, ampliamente generalizado, se refiere a los comportamientos personales. Creemos que por reducir nuestro consumo energético contribuimos a evitar nuestra parte del calentamiento global. Esto es así pero, en las circunstancias actuales de mercado libre de los combustibles fósiles, la disminución del consumo supone una reducción del precio de estos materiales. Esta reducción permitirá el acceso a este tipo de energía a quienes hasta entonces no tenían acceso al mismo, con lo que las emisiones que yo no realice serán emitidas por otros. Así es la globalización.
No estoy diciendo que no se deba reducir el consumo de energía. Hay muchos motivos para hacerlo, entre los que la equidad y el comportamiento ejemplar ocupan lugares preferentes. Pero, a diferencia de la creencia general, estas acciones no tiene impacto alguno en la cuestión climática mientras el precio de los combustibles fósiles dependa de la demanda y el esfuerzo no sea generalizado en (casi) todo el mundo. Si usted desea comportarse de forma climáticamente responsable, hágase vegetariano. Una vida vegana durante 70 años evita la emisión de 100 toneladas de CO2 equivalente (29).
A este respecto, una posibilidad interesante que parece abrirse paso es la de establecer un impuesto creciente al carbono, hasta llegar a unos 100-150 €/tonelada de CO2. La totalidad de la recaudación obtenida en cada país podría ser repartida de forma equitativa entre la población lo cual, además de disuadir del empleo de combustibles fósiles a nivel global y convertir en competitivas otras fuentes de energía, permitiría una redistribución de riqueza en función de la responsabilidad climática de cada individuo o grupo. Por su parte, los mercados de carbono actuales de la Unión Europea, y el recientemente establecido en Australia, no parecen cumplir con el objetivo declarado de reducir las emisiones de forma efectiva, contrariamente a las apariencias.

Contra-geoingeniería al rescate

En estas circunstancias, dada nuestra actual incapacidad para adaptarnos y funcionar en el marco de los límites marcados por el sistema físico-biológico del planeta, nos empeñamos, a mi entender inútilmente, en soluciones que promuevan la situación inversa: que sea el planeta el que se adapte a nosotros. Desde luego, la fe en la tecnología parece haber adquirido tintes de religión.
Así, se están desarrollando, algunas con cierto secretismo, investigaciones en el reciente campo de la geoingeniería. Una de las que cuenta con mayor predicamento consiste, precisamente, en rociar periódicamente la estratosfera con compuestos de azufre, aprovechando así sus propiedades de contención del calentamiento global y el mayor tiempo de residencia de los aerosoles a esa altura.
La geoingeniería será reciente como disciplina científica, pero desde luego llevamos siglos sometiendo el planeta a experimentos geofísicos no controlados, entre los que el empleo de la atmósfera como inmenso vertedero de todo subproducto que no sea sólido o líquido, y las alteraciones masivas en el uso de la tierra (deforestación, fertilización artificial, entre otras) son sólo algunos de los forzamientos globales más conocidos. Mejor sería denominar a estas intervenciones planetarias con el término contra-geoingeniería. En definitiva, la solución de reducción inmediata de emisiones y reforestación masiva que proponen los científicos liderados por James Hansen es una forma de contra-goeingeniería. Podemos denominar débil o benigna a este tipo de intervención planetaria, por contraposición a las contra-geoingenierías fuertes (inyección de azufre en la estratosfera, fertilización marina, espejos orbitales, etc.). Todos ellos no son otra cosa que distintos sistemas de control del clima de la Tierra
Hoy por hoy, a nadie en sus cabales se le debería ocurrir la utilización de estas técnicas fuertes. Sus inconvenientes superan, con mucho, a sus eventuales ventajas, y no es previsible que se pueda llegar a evitar la aparición de fenómenos inesperados de gran poder destructivo: con el clima global no es posible realizar experimentos previos (30).
Es interesante a este respecto conocer la hipótesis planteada a principios de la pasada década por Walter Ruddiman, que va tomando cuerpo. Este investigador sénior de la Universidad de Virgina se preguntó por los motivos de la estabilidad climática de los últimos 10.000 años en las condiciones preindustriales, desconocida en toda la historia geológica del planeta, también en los interglaciales anteriores. Ha sido durante este período de estabilidad climática cuando se han desarrollado todas las civilizaciones, lo que difícilmente pudo producirse con anterioridad dados los cambios permanentes de la temperatura y del régimen de lluvias, y las continuas variaciones del nivel del mar, del orden de decenas de metros[9][9].

Hacia un nuevo estado de equilibrio, nada confortable

Uno de los estados de equilibrio de la Tierra parece ser la condición glacial (31). Las perturbaciones cíclicas más significativas de la radiación solar que incide sobre la Tierra (y de su distribución) son debidas a los cambios en la posición relativa del planeta respecto al sol, que resultan reforzadas por los cambios subsiguientes en las concentraciones de CO2 y metano por ellas inducidos. Este forzamiento, en lo que podemos entender como un fallo de regulación, aparta temporalmente al planeta de esa condición de equilibrio, situación que denominamos interglacial, en la que nos encontramos[10][10]. Sin embargo, el sistema tiende de forma natural hacia una nueva glaciación una vez restablecidas las condiciones anteriores.
En esas estábamos cuando, al descubrir el fuego, y producirse una situación de inseguridad alimentaria, nos dimos cuenta de que era más fácil cazar las fieras incendiando el bosque y situándonos estratégicamente en su trayectoria de huida que ir tras ellas de forma activa. Según Ruddiman, la emisión de gases de efecto invernadero que esa combustión produjo habría detenido temporalmente el proceso natural de re-enfriamiento, lo que permitió la sedentarización, la adopción de la agricultura y, con ella, el aumento de la población. Este aumento necesitó más campos de cultivo, lo que se conseguía a su vez incendiando más bosques. Más adelante, hace unos 5000 años, los cultivos de arroz de la China, con sus importantes emisiones de metano, un GEI mucho más potente que el CO2 a efectos climáticos, siguieron manteniendo el clima en una situación estable. Desde entonces no hemos cesado en la deforestación ni en los cultivos, lo cual habría permitido mantener constante la temperatura media de la Tierra. Para mantener este estado, el sistema climático habría sido controlado por la humanidad de forma totalmente inconsciente con solo pequeñas oscilaciones, generalmente regionales, atribuidas a la variabilidad natural del sistema alrededor de esta situación (32).
Si esta verosímil hipótesis resulta confirmarse, nos informaría de que el confortable estado climático que estamos abandonando no corresponde a punto de equilibrio alguno sino, simplemente, a un sistema en una situación estable dado que estaba siendo sometido a control.
Sin embargo, el desentierro y combustión de la materia fósil habría supuesto un cambio cuantitativo excesivo en la cantidad de dióxido de carbono vertido a la atmósfera, lo que habría detenido el proceso latente de enfriamiento, e invertido el proceso.

Evolución de la temperatura en el Ártico en los últimos 2000 años. A partir de mitades de 1800 se inicia un aumento que altera bruscamente la tendencia al enfriamiento (Kaufman et al, Science, 2008)
La figura muestra la temperatura en el Ártico en los últimos 2000 años, cuya evolución estaría en favor de la hipótesis (33). Ahora habríamos perdido el control, y el sistema puede haber adquirido vida propia hacia un nuevo estado de equilibrio, pero ahora más caliente. ¿Cuál sería este nuevo estado de equilibrio?
Habría que remontarse al denominado Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (MTPE), hace nada menos que 55,9 millones de años. Si bien las condiciones geológicas del momento, desde el punto de vista de la actividad volcánica y la distribución de los continentes, eran bien distintas, el MTPE nos ofrece una situación en la que el planeta está tan caliente que ha perdido todo el hielo de Groenlandia y la Antártida, el nivel del mar es pues unos 75 metros superior al actual, y en el mar se han extinguido alrededor del 50% de las especies, tanto debido a su calentamiento como a su acidificación por disolución de parte de la gran cantidad de CO2 presente en la atmósfera. Muchos de los restos de caimanes y de otras especies tropicales encontrados en el Ártico son de aquella época (34). Esa situación acabó relativamente pronto en términos geológicos, pues duró sólo entre 30.000 y 170.000 años (35).
Todo apunta a que podríamos estar dirigiéndonos hacia ese escenario, salvo que encontremos la forma de re-controlar, ahora de forma consciente, el habitable clima del planeta de los últimos 10.000 años. Si todavía fuera posible, habría que empezar ahora mismo.
Finalmente, es preciso darse cuenta no sólo de la intensidad del forzamiento antropogénico actual, sino de su inaudita velocidad. La inyección de carbono en la atmósfera que se dio por aquél entonces, comparable a si se llegaran a quemar todos los combustibles fósiles conocidos (y mucho menos los fósiles no convencionales), se produjo durante un período mucho más largo que el actual, entre 10 y 100 veces más dilatado que el proceso en curso (36). Esto nos sitúa en un territorio desconocido donde las consecuencias son prácticamente imposibles de prever (37), pero desde luego potencialmente desgarradoras a corto plazo para miles de millones de personas y también para la civilización. En todo caso esta velocidad de perturbación hace temer por la estabilidad de las grandes masas de hielo que, de otra forma, tardarían milenios en fundirse.

Conclusiones

Las tres proposiciones con las que he iniciado este texto se han revelado inválidas. No es posible estabilizar el clima a las condiciones actuales porque el sistema climático se encuentra en régimen transitorio y todavía no ha respondido a la totalidad del forzamiento al que está siendo sometido. Además, el tiempo de remanencia en la atmósfera del CO2 emitido, de decenas de miles de años, convierte al cambio climático en curso en irreversible a escalas de tiempo humanas.
Dado que lo que condiciona el clima es la concentración atmosférica de GEI y no las emisiones, su mitigación no supone necesariamente reducir la concentración de CO2 a la atmósfera, salvo que esa reducción sea prácticamente total y en el plazo de muy poco tiempo y, además, se retire de la atmósfera el exceso actual mediante reforestación masiva. Finalmente, reducir drásticamente el empleo de combustibles fósiles, sin más, no sólo no produciría una disminución de la temperatura sino que, por el contrario, la reducción concomitante de los aerosoles reflectores produciría un aumento brusco salvo que, paralelamente, se redujeran las emisiones de todos los demás GEI, que suponen algo menos de la mitad del forzamiento positivo total.
Volviendo a la contra-geoingeniería en su sentido fuerte, cabe preguntarse no sólo por su viabilidad y posibles consecuencias imprevisibles sino también por las complicaciones políticas que supondría tamaña intervención planetaria una vez fuera declarada necesaria como mal menor (¿por quién?), y que dejaría en mera anécdota a la ya inmanejable dificultad de las negociaciones climáticas en curso.
Deberíamos haber aprendido ya que todo desarrollo tecnológico masivo dejado en manos de un grupo de púberes de la civilización desconocedores de los límites como, inconsciente o inducidamente, somos todos nosotros, acaba generando más problemas de los que resuelve. Así, habrá que decidir entre dos alternativas. Por una parte está el repliegue necesario de la reducción drástica de emisiones y la reforestación, con todas sus consecuencias, pero entre las que está la posibilidad de dar una nueva oportunidad a nuestros descendientes. Por otra, podemos decidir formar parte de la última frontera, con la posibilidad nada desdeñable de acabar extinguiéndonos de éxito tecnológico.
Entretanto es importante darnos cuenta de la enorme responsabilidad histórica de la generación presente. En los últimos 30 años se ha emitido a la atmósfera una cantidad de GEI equivalente a la mitad de la emitida en toda la historia de la humanidad. Es muy probable que, 20 o 30 años antes del final del siglo pasado, hubiéramos estado a tiempo de encontrar una trayectoria colectiva en términos de emisiones que hubiera impedido llegar hasta aquí, cuando las respuestas ya no pueden ser incrementales y no se producirán, en su caso, sin severos sacrificios, sacrificios que, aunque diferidos, serían inmensamente mayores si no se acometen las respuestas necesarias. En todo caso son diferidos para nosotros los occidentales que, por el momento, disponemos de mayores recursos para protegernos. Porque los países ‘en desarrollo’ están ya pagando, con sufrimiento y vidas, la alteración del clima que aquí hemos provocado. Entretanto, nosotros miramos hacia otro lado y la comunidad mediática se muestra estructuralmente incapaz de conectar los fenómenos a esta causa común.
Que todo esto podía ocurrir se sabe desde hace más de 50 años, pues ya el presidente Lyndon B. Johnson advirtió del peligro en el Congreso de los Estados Unidos en los años 60 (38). Sin embargo, décadas de negacionismo sofisticadamente organizado y de freno al pensamiento sistémico como elementos de la expansión ultraliberal programada nos han llevado hasta aquí. De confirmarse los peores augurios, esta generación, nuestra generación, no será recordada por sus éxitos tecnológicos, sino como aquella, la del año 2000, que destrozó egoístamente el mejor estado climático conocido en toda la historia de la humanidad. Así seríamos percibidos durante decenas de miles de años.
Stephen Gardiner, catedrático de filosofía de la Universidad de Washington (Seattle) y especialista en las cuestiones éticas con las que nos enfrenta el cambio climático, señala:
“Hemos creado un problema vital. Rehusamos obstinadamente hacerle frente. Hacemos todo lo posible por diferir la respuesta. Imponemos cargas a los demás. Confundimos conceptos insistiendo en soluciones incrementales. ¿Qué tipo de gente haría algo así?” (39)
Hoy, sin embargo, ya no podemos alegar ignorancia. Para el caso de que decidiéramos actuar para evitar este panorama, entiendo que el lector intuye la magnitud y la dificultad de la empresa, y de sus consecuencias colaterales. También le ruego que vaya pensando en las consecuencias que se derivarían del simple hecho de darnos cuenta, en breve plazo, de que ya no estamos a tiempo de nada, cualquiera que sea el esfuerzo.
Ferran P. Vilar
Notas
[1] Por ejemplo, la propia Tierra pasa a ser emisora neta de CO2 y metano con solo un leve aumento de la temperatura media
[2] Salvo que hagamos algo por retirarlo, lo que es una tarea virtualmente imposible, comparable a si quisiéramos eliminar la sal de los océanos, lo que requeriría una inmensa cantidad de energía.
[3] El umbral en ningún caso es el valor de +2 ºC que se maneja en el entorno político, económico y mediático. Esto nos llevaría a medio plazo a un nivel del mar alrededor de 25 m superior al actual (40)
[4] De empezar más tarde de 2013 las reducciones sucesivas deberían ser mucho más importantes, y acabar antes de 2050
[5] James Hansen es el climatólogo jefe de la NASA, y es a menudo mencionado como el más respetado del mundo
[6] En este punto es capital darse cuenta de que la capacidad de almacenamiento geológico de CO2 equivale, como mucho, a 60 años de emisiones (nivel 2005) (41), y de la dificultad de contar con apoyo social para esta empresa (42)
[7] Es importante destacar que este paper no ha sido todavía publicado, pero entiendo que, dada la relevancia de todos sus autores, no debería sufrir variaciones significativas tras el proceso de revisión
[8] El petróleo, por su parte, se encuentra cerca del centro de estos dos extremos
[9] En las edades de hielo el nivel del mar es unos 100 metros inferior al actual
[10] Habría que empezar a prescindir de este término, pues la Tierra no volverá nunca más a una condición glacial, salvo que la especie humana desapareciera casi por completo.

Los caminos de hierro de la memoria/William Ospina

Los caminos de hierro de la memoria (I)

William Ospina
 Hacia 1840, la extensa región que conformaría más tarde el Eje Cafetero colombiano era una selva casi impenetrable, entre el cañón del río Cauca y el valle del Magdalena, entre las últimas parcelas del sur de Antioquia y las primeras haciendas del Valle del Cauca.
Parecían tierras intocadas por la historia, pero sus pobladores antiguos, pantágoras, onimes, marquetones, gualíes, ebéjicos, noriscos, carrapas y picaras, exquisitos ceramistas quimbayas y refinados orfebres calimas, habían sido arrasados tres siglos atrás por la Conquista, por las espadas de Robledo y las herraduras de César, las lanzas de Jiménez de Quesada, las jaurías de Galarza y los incendios de Núñez Pedrozo.

Una densa vegetación de guaduales y guarumos, guarandás y guayacanes, guamos y guásimos, carboneros y palmas de cera amanecía en el bullicio de todas las aves del mundo; jaguares y serpientes, osos y venados silvestres, armadillos, guatinajos, zaínos y zorros, vivían bajo los millares de monos que saltaban entre los árboles. Pero esas selvas vírgenes guardaban la memoria de su pasado: incontables obras de arte y de religión, cementerios de indios revestidos de oro.

Parecían también selvas sin dueño, pero desde la Conquista la tierra de todos se había vuelto tierra de unos cuantos. Tras la Independencia los latifundios pasaron íntegros de manos españolas a manos de generales criollos o empresas extranjeras, y uno de los mayores estaba precisamente en aquella región de la cordillera central: eran las 200.000 hectáreas de la Concesión Aranzazu. Según las escrituras, en 1763 el rey de España se las había concedido a José María de Aranzazu; un siglo después sus herederos criollos y sus aliados ejercían allí un dominio implacable.

 Explotaban minas de oro y mercurio, y defendían a sangre y fuego las fronteras de aquel país privado, sus selvas llenas de tesoros. Pero a mediados del siglo XIX éramos ya más de dos millones y medio de habitantes; las regiones pobladas estaban saturadas de gente, y comenzó la forzosa expansión de caucanos, santandereanos y antioqueños hacia las tierras vírgenes.
Si ya el latifundio de Felipe Villegas se había convertido en los municipios de Abejorral y Sonsón, ¿no era justo que las selvas de los Aranzazu se convirtieran también en pueblos y ciudades, en parcelas de miles de colonos y no en el feudo de una sola familia? Allí comenzó otra de las guerras colombianas que apenas se han contado: la de la Concesión Aranzazu contra los colonos que venían descubriendo de árboles y venados las tierras cultivables.

No creían que las montañas del centro del país fueran excelentes para la agricultura: venían buscando el oro que olvidaron los conquistadores. Lo mismo las minas inexploradas que el oro de las tumbas indígenas. Rosarios y escapularios, hisopos con agua bendita y cruces de mayo rezadas por obispos los protegerían de los ensalmos y maldiciones que sellaban las tumbas. Tomaban los poporos y los pectorales, arrojaban huesos y cántaros, y encima de las guacas abiertas alzaban chozas y enramadas.

Uno de los pioneros de la colonización había sido Fermín López Buitrago, quien recorrió temprano aquellas tierras fundando pueblos de un día y trazando caminos que después nadie pudo borrar. Fundó a Salamina, llegó a lo que sería Manizales, pero de todas partes lo expulsaban los dueños de todo, hasta que finalmente en Santa Rosa pudo fundar otro pueblo duradero. Siguiendo su rastro creció con las décadas la presión de los colonos: algunos sólo traían hambre, otros recuas de mulas y de bueyes. Siempre tropezaban con los esbirros de Aranzazu y de los socios González y Salazar, que esgrimían sus títulos, quemaban las chozas y los caseríos, y asesinaban a los colonos.

Colonos indignados mataron en el puente de Neira a uno de los hombres más ricos del país: Elías González, socio de la gran Empresa, dueño de tabacales en Mariquita y de salinas en Neira; un poderoso señor feudal que estaba construyendo por razones privadas uno de los caminos más difíciles del país: el que uniría por los abismos del Ruiz sus minas de sal en Salamina con sus haciendas de tabaco en el valle del Magdalena.

Para apagar la guerra el gobierno dividió por fin la Concesión. Dejó a sus dueños 90.000 hectáreas y repartió 110.000 entre los colonos. Así nacieron Marulanda, Filadelfia, Aranzazu, Neira y Manizales.
Vinieron más colonos, y acompañando aquel avance venían los mineros ingleses. Estaban aquí desde las guerras de Independencia; a cambio de sus empréstitos recibieron licencias para explotar las minas. Sabían que los españoles sólo habían extraído el oro que puede obtenerse con brazos y picas, pero ellos traían técnicas nuevas y poderosas porque Inglaterra estaba siendo transformada por la Revolución Industrial. Fue tal su influencia, que las nuevas fincas y pueblos ya obedecían al estilo de la arquitectura de las colonias inglesas de la India y del Caribe: no eran casas de piedra con patios cerrados y geranios en las rejas sino casas de tabla parada con grandes aleros y corredores de barandas pintadas de colores.

Habíamos vivido por siglos del oro, de la quina, del añil y el tabaco. Pronto se descubrió que aquel suelo recién colonizado era óptimo para el cultivo del café, una planta abisinia que había llegado a Santander de las Antillas, y que ya se cultivaba en La Mesa, en las vertientes de la Cordillera Oriental que miran al Tolima.

Y Colombia pasó de la economía de las grandes haciendas a la de los minifundios cafeteros. No era un cultivo apenas lo que nacía: era una época de nuestra historia.

 William Ospina/El espectador.
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Los caminos de hierro de la memoria (II)

En Manizales, para poder hacer la casa, había que hacer primero el lote.

Esa leyenda popular ilustra las dificultades de los hombres que decidieron fundar aquel caserío a la vez en las crestas de la cordillera y en el corazón de una selva. Una valiosa antología: Manizales, su historia y su cultura, de Pedro Felipe Hoyos, permite ver ese impresionante proceso que convirtió un poblado lluvioso de mediados del siglo XIX en la más dinámica ciudad del país a comienzos del XX.

Empezó en 1834, cuando una segunda oleada de colonos salió de Marmato, el pueblo de oro colonial construido a riesgo sobre los túneles de la montaña. Con Antonio Arango y con Nicolás Echeverry venía el alemán Wilhelm Deghenhardt: querían conocer el nevado del Ruiz, estudiar su potencial minero, aprovechar la descendencia cimarrona de un ganado abandonado en otras décadas que ahora proliferaba en los páramos.
Diez años después, Arango y Echeverry, acompañados entre otros por Manuel Grisales y Agapito Montaño, por Benito Rodríguez y Gil Vicente, a quien llamaban Capón Saraviado, volvieron con once bueyes a buscar más ganado, y terminaron fundando un caserío. Así eran esos tiempos, a veces resultaba tan difícil volver al sitio de origen, que era preferible inventar otro pueblo.

Lo que vemos aquí fue la lenta, inevitablemente violenta, población de las tierras centrales: colonos contra indígenas, terratenientes contra colonos, todos contra la naturaleza, y la naturaleza contra todos. Manizales, tal vez porque fue tan difícil fundarla en las crestas de la cordillera, entre los remezones de la tierra y el rugido del volcán, entre el barro de los deslizamientos y la tristeza de la lluvia, se fue convirtiendo en el centro de un mundo.

Algunos de los primeros colonos, después mitologizados como “Los Fundadores” y exaltados en su escultura tutelar por Luis Guillermo Vallejo, tras mil conflictos con la concesión Aranzazu ascendieron a terratenientes y emprendieron una exitosa carrera como agricultores y comerciantes. Cultivaron cacao y domaron la hacienda cimarrona para establecer la primera industria de lácteos. Lo que había sido selva se cruzó de caminos: ya en las hondonadas se oían más las hachas que los pájaros.

El cacao ensanchó los caminos que iban a la tierra de origen; el comercio de quesos los abrió hacia las llanuras inundadas del sur y a las mansiones y claustros del Cauca Grande. Las tierras ofrecidas por el gobierno estaban repartidas pero los colonos seguían llegando: siguió la colonización de las selvas del Risaralda, y otra tierra prometida, los yarumales y los guaduales infinitos del Quindío.

El difunto Elías Gonzales había trazado un camino sobre la cuerda floja del abismo de Letras, para salir al Valle del Magdalena y conectar con el centro del país y con el mundo. A finales del XIX, ya diez mil bueyes recorrían esa ruta de tierra inestable, “hondos fangales donde las bestias se consumen hasta los pechos”, ríos de piedras, redes de raíces, derrumbaderos de greda, suelos de estacas y de púas, una telaraña de chorros y saltos y resbaladeros casi borrados por la niebla, y una lluvia incansable sobre tantos fantasmas de mulas y bueyes y peones despeñados. Baste saber que un viento atroz mató a cuarenta mulas un día en un solo paso de la montaña.

Bajaban al puerto de Honda el fruto de las tierras colonizadas, subían manufacturas de los países industriales. El avance hacia el sur fundó entre tantos pueblos a Pereira, sobre el Otún, en las ruinas de la vieja Cartago, a Armenia y Chinchiná, Caicedonia y Sevilla. El descenso al oriente fundó a Soledad, tan parecida a su nombre que mejor se lo cambiaron por Herveo, y a Fresno ante la primera luz de la planicie. Líbano, Villahermosa, Casabianca, Murillo, Manzanares, Pensilvania: no hubo desde la Conquista una fiebre de fundaciones como esa, que llevó incluso a la quinta fundación de Victoria. Donde las mulas se echaban con las petacas corría el riesgo de nacer algún pueblo.

En las últimas décadas del siglo XIX la producción anual de café pasó de 60.000 sacos a 600.000. Aunque ya empezaba a cultivarse en las tierras colonizadas, lo producían sobre todo las haciendas de Santander y Cundinamarca. Pero al final del siglo una dramática caída de los precios golpeó las haciendas, y el café del viejo Caldas respondió mejor a la crisis. Abundantes hijos proveían la mano de obra y la calidad del café cosechado era mejor.

Pero nadie sabía que lo que estaba naciendo era una región económica y que, aunque poderosa, esa economía no significaría tanto opulencia como estabilidad: una dinámica de la que podían participar tantas familias hizo nacer una tradición de arraigo y de orgullo, abrió camino a una democracia posible, dio poder de consumo a los productores, integró al país comunicando sus regiones, enlazando el norte y el sur, el oriente y el occidente.

No habían llegado los tiempos bárbaros en que el precio final de los productos es más importante que el orden que propicia su cultivo, no habían llegado los tiempos en que se podía destruir un orden social y familiar, todo un sistema de trabajo y de relaciones humanas, sólo porque los productos puedan conseguirse más baratos en otra parte.

Hasta alemanes como Julius Richter, que soñaban aún con El Dorado, descubrieron que el oro estaba menos en las minas que en las ramas: muy pronto una pequeña región del centro del país iba a hacer visible a Colombia en el mercado mundial, y nos asomaría a los primeros sueños de la modernidad.
Para que ello ocurriera, entraron en acción los ingleses.

William Ospina/El espectador.
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Los caminos de hierro de la memoria (III)

Al lado del camino de agua hicieron el camino de hierro. Hacia 1886, un hombre llamado Antonio Acosta estableció en un pequeño puerto llamado La Curva del Conejo, una venta de leña para los vapores que bajaban y subían por el Magdalena.

La destrucción de las selvas había comenzado mucho antes: en típico rebusque colombiano, los vendedores de leña empezaron a potrerizar las orillas, los bosques acabaron en las calderas de los barcos, la tierra que soltaban las raíces se sedimentó en el lecho del río, y fue así como los propios barcos acabaron con la navegación.

Pero por un tiempo el fenómeno le dio prosperidad a aquel poblado, al que llegaron hacia 1904 muchos guerrilleros que había dejado sin oficio el final de la Guerra de los Mil Días. Desde Ambalema, que llenó de humo aromático los pulmones europeos casi un siglo, se estaba tendiendo el ferrocarril que pasaría por Beltrán, San Lorenzo, Mariquita, Honda y Yeguas, hasta llegar a El Conejo, que alguien vislumbraba como gran puerto fluvial del futuro. Y aquellos guerrilleros, cansados de plomo, se aplicaron a otro metal: a tender los rieles del tren en cuyos vagones venía el siglo XX.

Al comienzo, en el mapa, los caminos de hierro eran casi imperceptibles: recomenzaba la lucha con esta naturaleza rebelde. En 1855 ya un ferrocarril, entre Ciudad de Panamá y Colón, había unido el océano Atlántico con el Pacífico. Tímidamente avanzaron las carrileras, como las llamamos en Colombia: de Barranquilla a Sabanilla, de Santa Marta a Ciénaga, de Cartagena a Calamar, de Medellín al Magdalena, de Cúcuta al Táchira, de Medellín a Amagá, de Cali a Buenaventura, de Bogotá a Facatativá, de Bogotá a Girardot, de Girardot a Ibagué con un ramal que seguía para Neiva.

A finales del XIX la iniciativa modernizadora tuvo el respaldo de la administración de Manuel Murillo Toro. A comienzos del XX Rafael Reyes le dio empuje. Y fue Pedro Nel Ospina, ingeniero, quien en 1922, aprovechando la indemnización de 25 millones de dólares que Estados Unidos pagaba por Panamá, intentó la prolongación de aquellos tramos para formar tres grandes troncales ferroviarias: Bogotá-Buenaventura, cuyo principal obstáculo era el paso de Ibagué a Armenia; Pasto-Mompox, que debía pasar por Popayán, Cali, el cañón del Cauca y la Boca de Tocaloa; y la ruta Bogotá-Santa Marta, pasando por Tunja, Sogamoso, el Chicamocha, Bucaramanga y Puerto Wilches.

Cada tramo tenía un desafío: el mayor era la cordillera Central, y en 1914 comenzaron los estudios para unir a Ibagué con Armenia. En 1920 se definió por dónde perforar la cordillera, pasando la depresión de Calarcá, para llegar al Pacífico. Ya habían comenzado los trabajos cuando otra gran depresión, la crisis del año 29, acabó con el proyecto.
Pero así pasó el ferrocarril por Ambalema y recogió las últimas grandes cosechas de tabaco, y así se encontraron en Mariquita las locomotoras de la Dorada Railway Company, con las vagonetas de la Ropeway Branch que bajaban la cosecha cafetera.

Para administrarla, se estableció desde 1905 en Mariquita la Ciudadela Inglesa. Bordeada de canales para controlar inundaciones, era ejemplo notable de la arquitectura de la época. Todavía sobreviven en ruinas, pero con sus estructuras intactas bajo los árboles, la estación del ferrocarril, la estación del cable aéreo, las inmensas bodegas, los talleres, las quintas de ingenieros y la capilla de esa Ciudadela que duró 50 años y que tuvo en su tiempo iglesia anglicana y cementerio inglés.

Un capítulo de nuestra historia parece caerse a pedazos a la sombra de cámbulos y ceibas. Alrededor han construido urbanizaciones, pero de las 42 hectáreas originales queda espacio suficiente para una Ciudadela de la memoria, antes de que sea arrasada por el olvido.

Esos diez mil metros cuadrados de construcciones en peligro nos hablan todavía de gestas asombrosas y promesas frustradas. Tantas cosas se cruzan allí: la ruta de la Expedición Botánica y la memoria de la navegación por el río, la colonización de las selvas centrales, medio siglo de fundaciones, el relato de la Concesión Aranzazu, la saga del café y muchos relatos que marcaron nuestro destino: los diez mil bueyes del Camino de la Moravia, las llanuras del tabaco, las minas de alemanes e ingleses, las ruinas de Santa Ana bajo la luna de Fallon, el tendido de los ferrocarriles, el Cable aéreo que inspiró el de Gamarra a Ocaña y el de Manizales al Chocó, las vagonetas en la niebla del páramo descendiendo hacia la tierra caliente, la edad en que los esfuerzos de nativos, criollos e inmigrantes nos pusieron a las puertas de la modernidad.

Esa historia de hace un siglo cambió la cara de una vasta región y dejó salpicadas de apellidos ingleses a las estirpes criollas de la montaña, pero no sólo es una invitación a recuperar la memoria. La vieja Ciudadela debería convertirse en lugar de visita para viajeros, de trabajo para organizaciones y talleres de creación, en centro de reflexión sobre suelos y pisos térmicos, sobre las relaciones entre los glaciares y el río, sobre clima y transporte, sobre modelos económicos y desafíos ecológicos. Testimonio visible de una edad del continente, es el espacio ideal de muchas cosas necesarias y urgentes para aprender a habitar con respeto y sabiduría el territorio, como nos lo recuerdan cada día, pocos kilómetros al sur, las ruinas de Armero, arrasada por la desmemoria, la negligencia y la ignorancia.

Porque aquí cada pueblo guarda una historia, cada camino significó una hazaña y cada tecnología dibujó una promesa, pero también cada olvido y cada negligencia labraron para muchos una catástrofe.

William Ospina/El espectador. 
 

LA NEBULOSA JURIDICA DEL AMBIENTE /Pablo Leyva










LA NEBULOSA JURÍDICA DEL AMBIENTE

El tratamiento en los medios de dos temas relacionados con la sostenibilidad del crecimiento del país inicia el año 2013. Un grave conflicto entre la minería y la necesidad de conservar el medio ambiente.
 Y otro conflicto entre las aspiraciones de construir hoteles en los Parques y la necesidad de conservarlos a perpetuidad a fin de que cumplan las funciones para las cuales se crearon: conservación, investigación,conocimiento, educación y esparcimiento.
No se necesitan estudios ambientales para darse cuenta de la magnitud del daño de la minería sobre el medio ambiente; la simple mirada a los enormes cráteres que deja la explotación a cielo abierto basta para apreciar su impacto.
Mina del Cerrejon
 Los minerales extraídos muchas veces son dispersados y contaminan la atmósfera y el agua. No es posible seguir explotando el planeta de esta forma.
Frente a la destrucción de la naturaleza existe en Colombia una política de áreas protegidas que básicamente se orienta a conservar unos espacios y ecosistemas. Estos espacios tienen gran importancia para la supervivencia; representan “islas” en donde se mantiene la biodiversidad y se protegen las
aguas, entre otros.
Sin embargo, esto no es suficiente.
Para conservar los ecosistemas se requiere que estén comunicados entre si y además que el
aprovechamiento del resto de la naturaleza se haga de manera que no cause daño al conjunto.
Así la agricultura, la minería y la industria deben regirse por prácticas de bajo impacto.
Ahora se pretende que la minería a gran escala se puede realizar de forma sostenible y que en los Parques se deben construir hoteles para que sean los hoteleros quienes los cuiden pues el estado no es capaz.
Y para favorecer todo esto se cuenta con una Agencia de Licencias Ambientales que legitima la destrucción con el argumento de que si se siguen unos parámetros -que no se sabe quien los inventó- la minería es compatible con el medio ambiente.
 Y que si la Unidad de Parques aplica la ecuación esparcimiento=ecoturismo=hotelería y no ve “inconveniente” ellos otorgan la licencia para los hoteles en los Parques. 
A los directivos de Parques y de la Agencia de Licencias Ambientales no les sirve para nada la evidencia
científica, fundamento de toda política ambiental, pues crearon su propia y oscura nebulosa jurídica con el fin de cumplir sus designios.
Pablo Leyva
 nota  publicada en El Espectador en cartas de los lectores.

lunes, 28 de enero de 2013

Naomi Klein Adictos al riesgo/ sobre mineria

Tejiendo redes

Timelapse: une araignée tisse sa toile from Jean-Michel on Vimeo.

Fotografías hechas cada 4 segundos durante 1 hora y 30 minutos siguiendo el proceso de creación de la red. 

'Boquete jurídico' beneficiaría mineras multinacionales


 Daniel Quintero Calle, director de la fundación Piensa Verde.

Las multinacionales y los empresarios colombianos dedicados al negocio de la minería resultarían ‘premiados’ a causa de un traspié jurídico que tendrá efectos a partir del próximo 11 de mayo.
Desde ese día en Colombia 'resucitará' el viejo Código Minero de 2001, a raíz de un fallo de la Corte Constitucional que hace dos años declaró inexequible el Código aprobado en 2010, dando al Congreso un plazo de dos años para implementar otro marco legal.
El problema es que el plazo está por cumplirse y el proyecto de un nuevo Código Minero no ha empezado a debatirse ni en el Senado ni en la Cámara de Representantes.
La fundación Piensa Verde alertó las implicaciones de este “inminente retroceso jurídico” que se dará en Colombia.
Daniel Quintero Calle, director de la fundación, dijo que en temas ambientales "el primer efecto es que las multinacionales podrán volver a aspirar a prórrogas de 30 años y no de 20 como lo ordenaba la norma de 2010. Además, los actuales concesionarios recuperarán una posición preferente sobre cualquier otro proponente a la hora de definirse el beneficiario de la prórroga".
El tema contractual es apenas uno de varios cambios en las reglas de juego pues "también se revive una amenaza al medio ambiente". Según Quintero, el artículo 35 del viejo código permite adelantar labores de exploración y explotación en playas y en zonas de interés cultural, arqueológico e histórico.
"Si bien condiciona a las multinacionales a permisos de las autoridades correspondientes, se fomenta la corrupción porque las mismas autorizaciones empiezan a 'valer oro'. Esos sitios son intocables y punto”, recalcó.
Además, alertó que mientras el Código Minero de 2010 protegía a los páramos y humedales, luego de caerse en la Corte, quedan nuevamente expuestos sitios como Santurbán.
“Los interesados van a intentar crear un limbo jurídico a sabiendas de que el Plan de Desarrollo volvió a blindar esos recursos naturales", aseguró Daniel Quintero Calle.
Pero quizá el tema que más influyó para activar esta alarma es el relacionado con que se abre la posibilidad de fomentar el trabajo infantil en labores de exploración y explotación minera. Quintero recordó que "la norma de 2010 (artículo 9) establecía que era causal de caducidad del contrato vincular laboralmente a personas menores de 18 años. Al quedar vigente el código de 2001, esa causal desaparece".
La Fundación Piensa Verde enviará esta semana una carta al Ministerio de Minas, al Ministerio de Medio Ambiente y al Congreso de la República exponiéndole esta "amenaza jurídica" como la ha denominado Quintero Calle.
Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/noticias/politica/articulo-397797-boquete-juridico-beneficiaria-mineras-multinacionales