Por:
Omar de J. Zapata Acevedo
Equipo
de trabajo Convenio ONIC – AECID - MUNDUBAT.
Presentación
Cuando se presentaron los primeros brotes de la
enfermedad denominada sigatoka negra (Mycosphaerella fijiensis) en la región de
Urabá, al noroccidente colombiano, en los inicios de la década de los 80s,
muchos investigadores afirmaban que había llegado un factor que habría de
generar una fuerte crisis en la situación alimentaria de las comunidades
indígenas, afrodescendientes y campesinas de la región del Pacífico, teniendo
en cuenta la importancia de las Musáceas para la alimentación de la gente de
dicha región. En ese momento, los investigadores ignoraban el potencial con el
que contaban nuestras comunidades y que a la postre mostró ser la respuesta más
destacada para evitar el impacto de una pandemia de la grave enfermedad y ello
resultó ser la amplia base de diversidad de clones de Musáceas, muchas de ellas
mostrando características de resistencia a la enfermedad y que incluidas en las
asociaciones multiespecificas y multiclonales de los sistemas productivos tradicionales
indígenas y afro de la región, permitieron generar una respuesta adaptativa al
problema, mediante el proceso de resistencia horizontal. Por ese lado no fue la
hambruna en el Pacífico y por el contrario, las musáceas siguen siendo claves
en términos de seguridad y soberanía alimentaria en la región.
Otro ejemplo impactante de lo delicado de una
situación como la anterior, es la hambruna en Europa, especialmente en Irlanda,
a mediados del siglo XIX, que provocó la muerte de más de cien millones de
personas y la diáspora migratoria de otro tanto hacia diferentes regiones del
mundo, especialmente América del Norte, como consecuencia de la irrupción de la
gotera de la papa (Phythoptora infestans), en los monocultivos del
producto. La razón fue sencilla, cuando los europeos llevaron las primeras
semillas de América hacia el viejo continente, no se percataron de considerar
la diversidad de la especie y por lo tanto se genera una población bastante
pobre genéticamente, vulnerable en su interacción frente al medio ambiente, con
sus factores bióticos y abióticos; todos los cultivos fueron arrasados por la
enfermedad y vino la hambruna generalizada.
Son solo algunos ejemplos de lo estratégico que
resulta para nuestros pueblos contar con una base amplia de diversidad de
especies y cultivariedades agrícolas, como soporte de los procesos productivos,
especialmente en momentos de contexto problemático para dicho proceso, como son
la reducción efectiva de territorios aptos para la producción agrícola; la
reducción de la calidad biofísica de esos territorios y entre otros factores,
los síntomas de cambio climático que se expresan hoy con más fuerza en el país.
Son todos ellos factores a los cuales podremos responder con éxito, si y sólo
si, se nos respeta el derecho a rescatar, conservar, reproducir, consumir,
intercambiar y comercializar nuestra agrobiodiversidad, es decir, si se desecha
cualquier idea normativa como UPOV 91 y cualquier clase de intento de
privatización de tan preciado bien natural y cultural de nuestros pueblos.
Seguridad, soberanía alimentaria y los riesgos de la privatización de la biodiversidad para los pueblos indígenas.

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