viernes, 31 de mayo de 2013

Cuarenta minutos antes de marchar

Jorge Humberto Jiménez B.

8:20 a.m. Llegó el día de la marcha y junto con Teresita, mi esposa, y Daniel, mi hijo, salimos a buscar un transporte para llegar oportunamente al punto de encuentro. Solamente llevamos con nosotros la cámara fotográfica y una cantimplora con agua filtrada tomada del grifo (ya aprendimos que el agua embotellada es un truco comercial, de enorme daño para el ambiente). Éramos 3 y se justificaba tomar un taxi.
Durante el recorrido, Daniel se ocupó de revisar y preparar la cámara, mientras Teresita hacía llamadas a sus hermanas para contarles que íbamos a la marcha en defensa de la vida, el agua y el territorio. Ignoré la emisora de vallenatos que sintonizaba el conductor y pensé en la trilogía de valores que mencionaba Teresita, razones de la convocatoria. No es extraño que ese hilo de pensamientos me llevara a la angustia de recordar que en un plazo de 30 años pueden desaparecer los nevados, horrenda realidad que no podían imaginar mis profesores de 4º de primaria, cuando nos enseñaban que los nevados del Tolima, el Huila o el Ruiz eran cimas de nieves perpetuas. No sabíamos entonces que la insensibilidad, el egoísmo, la competencia y la codicia, capaces de corroer el corazón humano, pueden también violentar las leyes de la vida. Es duro el mundo que enfrentarán mis nietas.

Esos pensamientos sirvieron para afirmarme en la convicción de que iba a la marcha por un deber moral. Entendí con más claridad que esa marcha era el encuentro de todos aquellos que le apostamos a la convivencia y a la paz, pero empezando por el principio, es decir, por el respeto a la naturaleza y dando fin a las agresiones al entorno vital. Entorno que compartimos los humanos con las demás especies y formas de vida, entorno que deberíamos llamar nuestro medio “vientre”, imagen más real que medio ambiente, porque no solo habla del espacio “donde” vivimos sino el espacio “del” que vivimos y somos parte. Cuánta sabiduría hay en nuestras comunidades ancestrales que pudieron percatarse de esa dependencia vital y de ese nexo de amor con la Pacha Mama y cuánta inconciencia hay en esta sociedad que la devora sin piedad, y sin advertir que ese es el camino de su propio suicidio. La voz de Teresita, diciendo “ya llegamos” sirvió para sacarme de mi ensueño reflexivo y para recordarme que debía pagar la carrera del taxi.

8:40 Las calles ya tenían el colorido de la fiesta y el movimiento entusiasta de la gente. El equipo de los organizadores daba instrucciones por megáfono y atendía con agilidad todos los detalles de la logística. Mis primeras fotos fueron para el grupo de zanqueros que con pasos de gigante, avanzaban veloces para comandar la marcha. Otras comparsas de la Universidad, del Conservatorio y de algunos barrios, preparaban sus tamboras, flautas y disfraces. Qué bueno -pensaba yo- que la madurez nos permita hacer los reclamos por el agua, la vida y el territorio desde la energía creativa de la alegría y el arte y no desde la acción destructiva de la agresión.

8:45 ¿Es usted el autor de la nueva canción del Pijao? Me preguntó una profesora, a cargo de la delegación de niños y jóvenes de uno de los colegios que ya había llegado. Si señora, respondí complacido. - Nosotros ya la aprendimos y nos gustaría cantarla con usted, dijo uno de los niños, sonriente y sin timidez alguna. Otro de los chicos me aproximó su fotocopia del texto, como adivinando mi mala memoria. Lleno de sorpresa y emoción entoné el primer verso: “porque llevo en el alma un rio y una montaña en el corazón, porque soy como el árbol libre que va creciendo mirando al sol…” las voces se juntaron y hubo un coro íntimo y espléndido. No fue buena la afinación, ni estuvieron a tiempo las entradas, pero nuestras voces volaron como campanas y la música de nuestros corazones hizo espontáneos los abrazos del afecto y la esperanza. No hay duda que las causas del bien común tejen los mejores lazos de la fraternidad y nos dan la fuerza de la fe, la que mueve montañas y la que nutre las razones y el impulso de esta marcha; marcha que sabemos va para largo y no se agota con el evento de hoy.

8:48 Van en aumento las cuadras llenas de gente y los rostros de amigos y conocidos. San Pedro se hizo presente con un día despejado y cálido. Allí me encontré con Héctor Galeano, un abanderado de la cultura y del periodismo franco e independiente; con Carlos Ballesteros, un médico a quien no detuvo la lesión de sus piernas y que se apoyaba sonriente en su bastón y en el brazo de Susen, su esposa. Encontré también a ese grupo admirable de educadores como Carlos Duque, Gloria Restrepo y Andrés Gualtero, quienes trascienden el aula escolar, llevando diariamente su cátedra ambiental hasta las redes virtuales. Sudoroso y en bicicleta también estaba allí Dairo Jiménez, Comunero y vecino del Barrio Ambalá. La sorpresa mayor fue encontrar a Yobana Trujillo, una ingeniera ibaguereña que trabaja en Londres y que no dudó en hacer el viaje por amor a su tierra.

8: 55 Las escenas eran ejemplares y llenas de sentido. Vi una madre que llevaba en un coche a su bebé y a otra más que pintó en su vientre de embarazada la imagen de su criatura descansando en el líquido materno que lo protege y nutre, elocuentes llamados a la obligación colectiva que tenemos de asegurar para ellos un mundo sano y feliz. Vi un grupo de ciclo montañistas, alertas ante la amenaza de perder el paisaje que los emociona y vigoriza. Vi una delegación de las comunidades indígenas, con sus pasos llenos de dignidad y fortaleza, a pesar de tantos años de injusticia. Vi un colectivo de los concejales de la ciudad que salieron en pleno, y que asumen de manera franca y pública el compromiso ciudadano que les corresponde. Vi un campesino de Anaime que amplificaba sus reclamos, empuñando un pequeño megáfono casi de juguete. Vi el campero de los campesinos de Cajamarca, con la exhibición orgullosa y exuberante de los frutos de la tierra. Vi las pancartas de numerosas organizaciones ambientales y de las delegaciones de otros municipios, reiterando las consignas “Si a la vida, No a la mina”, “El Agua vale más que el oro”, “Fuera AngloGold”, “Si paramos la Colosa, paramos cualquier cosa”, “Queremos bosques de vida, no cráteres de muerte”, “Si a la biodiversidad, No a la Megaminería”…Vi y sentí la corriente de energía alegre y constructiva que nos conectaba a todos: a los jóvenes y a los viejos, a los campesinos y a los estudiantes, a los comprometidos y a los curiosos, a los artistas y a los académicos, a los educadores y a los sindicalistas, a todos los que rechazamos una política gubernamental, contraria al deber del Estado de proteger la honra y bienes de sus ciudadanos y aliada con la voracidad de intereses privados transnacionales.

9:00 A esta hora ya somos un rio de gente y resulta imposible saber donde van los primeros y donde vienen los últimos. Empezó la 4ª. Marcha Carnaval por el Agua, la Vida y el Territorio. Durante las tres horas siguientes quedará la evidencia de un movimiento social que crece y se opone con vigor a una política perversa. Las comparsas llenarán las calles de música y de danzas. Es la fiesta de la tierra prometida, celebrando la paz que albergan nuestras montañas verdes y majestuosas; celebrando nuestros bosques llenos de vuelos de pájaros; celebrando nuestros ríos que cantan al lado de los caminos para sosegar los espíritus y mitigar la sed; celebrando nuestros valles cálidos y fecundos; celebrando el aire limpio con olores de árbol y soplos de vida; celebrando la parcela de nuestros campesinos e indígenas, que nos comparte generosa el variado alimento que llega a nuestra mesa; celebrando nuestra historia y nuestras raíces de pueblo mestizo, alegre y digno: “ ¡ Soy del Tolima, desde el Nevado mi voz yo lanzo, retumba un eco por sus montañas y por su llano, que en esta tierra queremos vida, que nadie puede vender montañas, que por la suerte de nuestros hijos, todo el Tolima en firme avanza!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

En caso de dudas o comentarios puede utilizar el siguiente espacio